Cuando le dije a Reina Te Quiero

He encontrado el momento perfecto para decirte te quiero, justo el momento en el que no podías articular palabra, pues tenías la boca llena a dos carrillos de la morcilla que te estabas comiendo. Mientras intentabas digerir a toda prisa, te sonrojaste y con las manos parecías un molino de viento intentando decirme algo que para mi no tenía mayor importancia.

La bomba ya estaba echada, las dos palabras que pueden derribar imperios o crearlos por una unión firme, pero tu seguías masticando a la velocidad de la luz e intentando que la morcilla no se te atragantase en la garganta, un pedazo demasiado grande que te dejase obstruida y el oxigeno no regase tu cerebro que intentaba asimilar mi te quiero, ese te quiero que te martillea desde que te lo dije, pero la morcilla está demasiado buena como para escupirla.

Casi podías hablar pero aún eran breves murmullos apagados en el sabor amorcillado de tu boca pero se podían entender palabras sueltas casi sin valor alguno como “joooo joolinesss” “caaaabrón”. Y mi sonrisa crecía y crecía mientras tus ojos se preparaban para la alerta roja, la secuencia de tu boca vacía era inevitable y tendrías que contestar.

Llego el momento, te pasaste la servilleta para limpiar la baba del disfrute y levantando una mano y abriendo la boca dijiste…

¿Cómo me puedes decir algo así cuando tengo una cosa gorda y larga en la boca?”.

Tristeza y vergüenza ajena

Has ganado

en tu afán de matar

has cometido el mayor delito

contar a otros la intimidad.

Y contar secretos de alcoba

cosas intimas en confesión

que cuentas a todo el mundo

para divertirte sin compasión.

Ahí tienes tu victoria

que con el corazón no supiste ganar

contar la vida de otros humillando

de que otra manera te iban a escuchar.

Ahora eres la Miss Universo del salseo

porque cuentas los secretos de otras vidas

mientras que ellos te respetan y callan

dejando con honor que los destruyas.