Una mañana de Domingo, creo.

Descubrí la fragilidad de mi edad cuando al mirarte a los ojos me di cuenta de que no llegaría nunca a verte ni a sentirte, no por lo menos en esta vida. Y entre escalofríos y pesares me senté en una roca y desafié a los elementos a golpearme. A romperme contra las cuchillas de los mejillones de la piedra, a levantarme en la ola y dejarme caer contra la profundidad en la que mi mente me sumerge cuando el abismo esta cerca de mi.

Mis ojos no dejan de humedecerse, el dolor corrompe todos mis órganos y mis sentidos se debilitan, casi sin querer cesan los murmullos, las voces, el tacto del presente en eso que llamamos día a día. Y piensas en todo aquello que has dejado a la buena voluntad de los humanos pensando que te salvarían pero al final lo sabes, estás más solo que nunca y te morirás como una hoja marchitándose en el campo, desprendida de todo, sin valor para nadie, volviendo a la tierra.

Me gustaría poder dar unas últimas pinceladas, acabar un cuadro donde la imagen en el y por el no sea otra que mi propia vida, sabiendo lo que quiero, desapareciendo el dolor que me mata. Protagonista del color donde toda la paleta de los mismos sean parte fija y continua de mi organismo corrompido por la enfermedad mas desgastante, la soledad, desgarrado.

Silbo.

Resuenas en mi cueva

Me llenas tanto con tu amor de novicia en la eterna entrega de tu cuerpo virginal a la bestia devoradora de almas que siento calma, que toda esa presión que me revienta la vida se va por unos momentos y me siento trigo, cosechado y preparado para alimentar tus células, todo tu organismo. Deseo sentir tu ombligo contra mi ombligo que no le temo al látigo de tu castigo ni a las voces que a lo lejos hieren y maltratan mi frágil corazón, mis piernas temblorosas, mi espina central rota.

No quiero dejar de jugar en tu jardín, allí donde me siento como en casa, entre hierbas cortas y plantas talentosas, entre el desayuno de tu plátano matinal y el batido que conjuga mi vida con tus sabores y aunque entre tus venas corre sangre ardiente, tus pensamientos no son dos personajes perdidos en un hotel donde nadie los va a entender. Y te sueño.

Un sueño donde lo mas pequeño le cuenta a lo más grande que no hay infiernos donde no cojamos los dos, donde el tamaño de las cosas es lo único que vale la pena sentir, sentir con las garras clavadas en las cuencas de unos ojos que si tu no estas no hacen falta, sobran.

Y te sientes intrigada por mis palabras, secuencias de otras cosas que a lo largo del día, de la lluvia, los rayos y de los truenos de mi Gaia matinal me hacen sentir, buscándote y mi alma se muere ahora que lo mejor ha llegado y te quiere querer en tu fragilidad, en tus muñecas de porcelana sobre ti, en mi hoguera en mi espacio que late y late esperando tu sonrisa, el olor a tus pies…

… Quiero tus sabanas.

Agenda…

Hoy vas a que te pongan las bujías en tu sitio, a pasar la inspección técnica de tu cuerpo al médico, allí donde desnudarse no lleva miedo ni duendes que te cojan la ropa interior hacia su mundo interior. Allí contaras tus plegarias, observaras tu alma desde una pantalla pequeña a golpe de gel y manos frías sobre ti. Y sonreirás….

A cada noche de lamento

le unes una bocanada de sustento

aquel que proviene de tu sexo

y alimenta a los demás.

Hoy vas a comer ensalada, con una mixtura de varias cosas bajas en calorías para presumir de operación bikini, de culo respingón, de toalla portuguesa, del fado que pario al niño que te tirara arena con la dichosa pelotita, de los platos sucios en la mesa…

Sacarás de ti a ese alien

que te bese los labios,

te recoja la ropa cuando llueva

y te queme en la chimenea del otoño…

Hoy ha estallado tormenta, pillas el coche, te deslizas como una cobra real por una pirámide imaginaria en tu asfalto del día a día, paras a comprar unas medias, te sacudes el pelo, miras el reloj y piensas, tus ojos se iluminan con la idea de no tener que poner el aire acondicionado, te tocas un pezón, estas traviesa, pones marcha atrás en vez de primera. Golpeas al coche que te sufre en la retaguardia, miras por el retrovisor y no hay nadie, te vas.

Quieres comer

aquello que te de fe,

la misma que te funde

al compás de las horas muertas…

Me das un kilo de sardinas…

Te pedí un kilo de sardinas y me miraste con una sonrisa debajo de tu gorro blanco con redilla. Pusiste el genero en la bascula y me preguntaste si lo quería así con un par de cientos de gramos de más, cosa que me resultaba indiferente, total una vez que se limpia la cabeza y las tripas poco queda para asar, para festín de gatos callejeros y demás alimañas. Me leíste la cartilla, o sea te pague haciendo que mi mano depositara los Leuros en tu mano, rozándote a propósito, buscándote.

Por un instante una descarga de emociones y electricidad recorrió nuestros cuerpos, como si a la vez recibiésemos una descarga de un rayo, de una manera intima, nos clavamos las miradas y gritaste el nombre de tu madre en alto “¡mama cubre aquí vengo ahora!”. Me hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera, me quede medio parado y me dijo ¡vente! ¡vente!.

Entramos en el vestuario después de que usara su llave para entrar. Así como fue cerrar la puerta tras nosotros y pasarle el pestillo interno me empujo contra las taquillas y empezó a besarme con una adhesividad descontrolada. En esos momentos la bolsa de sardinas estaba en el suelo al igual que mis pantalones y mi ropa interior. Se puso a trabajar en la comarca allí en la tierra media mientras no podía parar de resoplar. Y después de un rato estrenando los barrios bajos me tumbo en el banco de madera de unos cuatro metros de largo y me cabalgo como en un rodeo, apretando las piernas para no caerse, para reducirme por completo a su juguete sexual, a esa mezcla de olores entre pescado, vísceras, colonia, humedad, excitación.

Veinte minutos de locura hizo que a más de una de las que nos habían visto entrar le picase la curiosidad e intentase entrar con sus llaves pero el pestillo delator invitaba a aporrear la puerta y escuchar la pregunta ¿qué pasa ahí? ¿todo bien?…

Risas…

¡Vístete rápido!

La puerta se abre cuando ella decide que estamos lo suficientemente arreglados para no dar el cante, aunque sinceramente eso ya era imposible de tapar, las caras al salir de quienes de reojo se dejaban murmurar eran lo más claro de entender ¡iros a un hotel!.

Nos buscamos con la mirada yo camino de la salida, ella a su puesto donde la madre mantenía la cara desencajada por los cotilleos que le llegaban, me guiño un ojo y me fui.