Reencuentro

Bajaste del tren con una sonrisa de emoción, moviendo tu pelo rizado de manera coqueta intentando disimular los nervios. Dejaste la maleta en el suelo y diste dos pasos, mirándome directamente a los ojos te quedaste quieta esperando mi reacción, se me agarrotaban todos los músculos pero di dos pasos y me coloque frente a ti sin apartar la mirada. Fueron dos segundos eternos hasta que nos fundimos en un abrazo luego me apartaste y me volviste a clavar tu mirada pusiste tus manos en mi cara y me regalaste un beso profundo que se fue llenado de los fluidos de tu lengua con la mía. El resto de los pasajeros nos iban sorteando hasta que el anden se quedo vacío, salvo tu y yo aún comiéndonos a besos.
El pitido del tren y la fuerza de su locomotora marchándose nos devolvió a la realidad del sitio donde estábamos, a la estación, a coger las escaleras mecánicas y salir al recibidor, a la sensación de pisar mi terreno, los dominios que tanto te gustaban y odiabas, un pueblo costero del que sentías por mi una agradable percepción y encanto. Me agarraste con fuerza hasta el taxi como si en vez de una llegada estuvieses a punto de partir. Estabas deseosa de llegar a mi casa y poder contemplar desde mi ventana las vistas del Atlántico, tu como mujer de ciudad de interior el poder sentir la brisa del mar era como relajarse en el mas lujoso de los Spa, unas vacaciones de lujo sin precio.
Cuando llegamos bajamos la maleta del taxi y aún no había conseguido abrir el portal cuando me estabas abrazando nuevamente y dándome mordisquitos en la oreja, anulando todo el control que intentaba mantener desde que te vi bajando del tren. Intentando guardar la compostura conseguí abrir la puerta de la casa, lo último que pude hacer vestido.
Empezaste a quitarme la ropa y a besarme a la vez, loca, exagerada, convulsiva, llevándome a tu ritmo hacia el sofá del salón, dejándome sin respuesta te sentaste encima de mi, colocando el piloto automático hacia el placer que llevábamos tanto tiempo esperando a tener, intentado recuperar todo el tiempo perdido de estos últimos años sin vernos.
Tu cuerpo seguía siendo un templo, a mi la vida me había castigado más pero no ibas a permitir mi rendición sin antes darte todo aquello que habías venido a recobrar, a retomar donde años atrás lo habíamos tenido que dejar. Era un juguete en manos de tus deseos, no querías parar, no quería parar y la casa se nos quedaba pequeña para soltar nuestra imaginación, tu sonrisa cada vez que llegábamos juntos al orgasmo, tu pecho sobre el mio recobrando fuerzas, tu cara de alivio y satisfacción. Sin reproches por haberme marchado de tu vida a las aventuras de una lista por cumplir.
Los días siguientes la nevera iba bajando de manera alarmante porque el único descanso que me permitías era para que recuperáramos fuerzas, para que tus labios no se olvidaran jamás de los míos, para que tu cuerpo se llenase de cada centímetro del mio, para que yo no pudiese pensar en nada mas que en poseer tus encantos, en terminar todo aquello que en los últimos años no pudimos empezar y dejar para el final las lagrimas, aquellas que te obligaban a volver a tu ciudad.
No te podías quedar tenías una vida alejada de mi porque yo nunca abandonaría el mar, esa mujer posesiva tanto o más que tu que competía con sus encantos con los tuyos y que me mantenía atrapado, me resolvía las fobias a las grandes ciudades, a la polución del interior, a esas calles y rascacielos que a ti tanto te encantaban, a tus grandes almacenes, a las tiendas de moda a tu asfalto.

Y como todo sueño de hadas me pediste acompañarte de vuelta a Madrid esperando que por una vez diese mi brazo a torcer pero la luz del faro te devolvió a la realidad, nunca me apartarías de aquí y sabías que yo jamás te pediría que te quedaras. Subí la maleta al taxi y como rebobinando la ida, la vuelta fue menos efusiva, menos cariñosa, más triste y en las escaleras del tren el último beso, la última mirada, el último abrazo y otro beso, uno más, lagrimas en tus ojos y tus dos palabras preferidas “Te quiero”.

“Fenómenos para normales”.



Isabel seguía grabando mientras un sudor frío le recorría la frente, en parte estaba como en trance esperando grabar algo paranormal y espectacular pero también sentía un miedo que le recorría todo el cuerpo porque no sabía como reaccionaria ante un encuentro de dicha magnitud, no es como ir a por condones a la farmacia.
Llevaba su cámara de vídeo en una mano y una linterna en la otra, a pesar de que se conocía bien los pasillos de su casa y todas sus habitaciones, iba despacio, como pisando huevos. El temor la agarrotaba por momentos y cada hueco explorado y liberado de los perjuicios de una mente llena de fantasmas era un alivio para ella.
Isabel estaba a punto de entrar en su dormitorio, ahí es donde pasaban los efectos mas extraños, los movimientos de cama, las sacudidas en las sabanas, los gritos. Era como entrar en un submundo de horror y poltergeist .

Cuando estaba a punto de llegar a los pies de su cama Isabel escucho una voz clara y concisa: “Cariño cada vez que ves cuarto milenio y escuchas a Iker Jiménez te entra una locura por la casa de mucho cuidado, anda vente para la cama y deja de hacer tonterías”